Sin lugar a dudas, el intelecutal nicaragüense Andrés Perez Baltodano (profesor catedrático de Ciencias Políticas la Universidad de Toronto, Canadá), es uno de los analistas más lúcidos de la realidad nicaragüense. Su lectura es de izquierda crítica sin compromisos ni ambages. En este ensayo utiliza la metáfora de la lógica de las maras para explicar la forma de hacer política del FSLN en el poder. Vale la pena leerlo. Como dicen los ingleses, es alimento para pensar (food for thought).
Saludos,
Alberto
www.confidencial.com.ni (7 al 13 de setiembre de 2008)
El Estado Mara
Los intelectuales del FSLN tienen el futuro más incierto y más corto de todos los grupos que colaboran con el gobierno marero. Ellos están llamados a ser víctimas de su propio oficio; porque la irracionalidad de la Mara no es compatible con el orden y la lógica que se necesita para pensar.
Andrés Pérez Baltodano
Toronto. En un artículo publicado hace un par de meses (www.pensamientocritico.org), yo señalaba que el vocabulario de las ciencias sociales era incapaz de conceptuar el modelo de Estado que se estaba institucionalizando en Nicaragua, desde la llegada al poder de Daniel Ortega en enero del 2007.
Decía que la sociología de las maras ofrecía representaciones conceptuales más adecuadas que las que ofrece la sociología política convencional, para hacer sentido de la realidad política e institucional que vive nuestro país.
El Estado nicaragüense que empezó a surgir hace menos de dos años, comparte la identidad negativa, el sentido de lealtad familiar, y la visión del poder personalizado que forman parte de la cultura de las pandillas centroamericanas. Al igual que las maras, el Estado nicaragüense no cuenta hoy con una visión de nación, ni es la expresión de un consenso social. El Estado Mara se alimenta de la negatividad y se define por su oposición a otras maras políticas, y a cualquier grupo o persona que sea o pueda convertirse en un obstáculo para mantener su poder. Por eso necesita enemigos internos y externos, independientemente que ésos sean reales o ficticios, grandes o pequeños, estables o pasajeros.
La segunda característica que comparten las maras y el Estado Mara es el sentido de lealtad “familiar” dominante en la cultura de sus miembros. La mara es, como lo sugiere Mauricio Rubio, siguiendo a Lewis Coser, una “organización voraz” que demanda la adhesión absoluta e incondicional de sus integrantes. En esas organizaciones toda rivalidad se analiza dentro del prisma de la lealtad. Más aún, cualquier muestra de independencia es considerada una señal de peligro; porque lo que la mara necesita para sobrevivir es la incondicionalidad de los que están dispuestos a dejar de pensar por ellos mismos, para pensar a través de la mara o del líder de la mara.
De igual forma, el Estado nicaragüense hoy, como las maras, demanda obediencia total de sus miembros. Por eso se condenan y castigan las demostraciones de “deslealtad ” de los funcionarios que no se apegan a la línea oficial, mientras se aprueban los crímenes de los incondicionales.
Finalmente, en el Estado nicaragüense de hoy, como en las maras, no existe una clara distinción entre la imagen concreta del jefe y la idea abstracta del poder que es indispensable para el funcionamiento de la ley en un Estado democrático moderno. Así pues, sobre las decisiones del jefe no existen normas que establezcan límites a sus caprichos y decisiones.
De la visión personalizada del poder en las maras y en el Estado Mara, se deriva un estilo de liderazgo que privilegia la fuerza y la arbitrariedad para el mantenimiento del orden. Desde esta perspectiva, el buen líder es aquel que muestra ser el más obstinado y el más fiero con los enemigos. El líder, en otras palabras, es y debe ser el más “parado ”, el más “arrecho”. A Daniel Ortega, por ejemplo, algunos le reconocen su “aguante” y su constancia en la búsqueda del poder. Lo hizo Edén Pastora en una entrevista que ofreció a El Nuevo Diario el año pasado. En esa ocasión, Pastora señaló con admiración que Daniel Ortega era el miembro de la antigua Dirección Nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que se había quedado “volando verga”. En la misma declaración, Pastora se quejaba de los disidentes del FSLN agrupados en la Alianza-Movimiento Renovador Sandinista (MRS) por no reconocer el “aguante” de Ortega y por atreverse a disputarle el poder.
En las últimas semanas, los nicaragüenses y muchas otras personas de otras nacionalidades interesadas en el drama que vive nuestro país, hemos tenido la oportunidad de observar con la claridad que ofrece el descaro y la vaciedad, la actuación de la pareja presidencial en su lucha por la consolidación del Estado Mara. Carlos Fernando Chamorro, Edgard Tijerino, Ernesto Cardenal y Sofía Montenegro, figuran entre las más recientes víctimas de las inconfesables ambiciones de esa pareja.
El momento de luchar es ahora
Pecaríamos de ingenuos si ignoráramos que la guerra contra la democracia y la libertad de expresión que en Nicaragua libran Daniel Ortega y Rosario Murillo apenas está empezando. La lista de sus “enemigos” —los mareros no manejan el concepto de “adversarios políticos”— incluye a todos los que por una u otra razón, se oponen al demencial proyecto de transformar Nicaragua en un “turf”, “hood” o “barrio” controlado por ellos.
Pecan de ingenuos también los que colaboran de una u otra forma con el FSLN, si piensan que están a salvo del “ojo que lo mira todo” y de la dinámica destructiva de la mara. A todos, a todas —sobre todo a los sandinistas y las sandinistas honestas— les llegará su turno; porque la Mara se alimenta del conflicto, vive de la inseguridad, y necesita de ella para reproducir su poder. Cada ministro, cada funcionario de gobierno, cada líder del partido terminará —tarde o temprano—, convertido en leña que alimentará el fuego de la discordia de la que se nutre el poder en el Estado Mara.
Los intelectuales del FSLN tienen el futuro más incierto y más corto de todos los grupos que colaboran con el gobierno marero. Ellos están llamados a ser víctimas de su propio oficio; porque la irracionalidad de la Mara no es compatible con el orden y la lógica que se necesita para pensar. Muy pronto verán, —algunos ya lo ven—, que sus opciones son dos: dejar de pensar o arriesgar terminar convertidos en un peligro para aquellos que han aprendido a vivir al margen de cualquier ordenamiento intelectual o moral.
El valor y la inteligencia para luchar
Nicaragua ha sido convertida en un territorio marcado con el graffiti del Estado Mara, al mejor estilo de las pandillas centroamericanas: arrobas, colores chillantes, frases confusamente escritas con diferentes caligrafías, y con errores ortográficos que nos recuerdan que en el territorio mara no cuenta ninguna norma y no impera más ley que el capricho de los que mandan.
Frente al miedo que puede inspirar el Estado Mara, es necesario actuar con valor. Recordemos la psicología del marero a través de uno de los pandilleros que habla en la novela La Mara de Rafael Ramírez Heredia: “abaldonarse es fácil, si el injerto se da en alma timorata”.
Pero el valor no es suficiente. También es necesario actuar con inteligencia y, más concretamente, con un pensamiento y una visión que no solamente sirva para neutralizar el poder de la mara gobernante, sino también para combatir las condiciones de pobreza, abandono e inseguridad social que han hecho posible la llegada al poder de esa pandilla. Sin una visión que le ofrezca una esperanza a los que hoy sienten que no tienen otra alternativa que ligar su suerte a la de los mareros que nos gobiernan, Nicaragua seguirá enMARAñada.
Más aún, es necesario decirle NO a la mara gobernante, pero también es necesario luchar contra la cultura marera que nos empuja a los nicaragüenses a admirar la astucia y la fuerza, por encima de la reflexión y la inteligencia. Esa cultura —parida por todos nosotros a lo largo de nuestra historia— es la que hace posible, por ejemplo, que un Edén Pastora siga ocupando un lugar en las tarimas públicas de nuestro país. Ese lugar lo tiene asegurado Pastora —con el FSLN o contra el FSLN— porque los valores de nuestra sociedad lo registran como un “héroe”, término que en Nicaragua puede significar simplemente —repitiendo las palabras del mismo Pastora—, alguien que “vuela verga”. Un héroe de ese tipo, en Nicaragua, tiene licencia para ser políticamente incoherente y hasta para torturar, abusar de menores, y matar.
Finalmente, debemos responder con fuerza a las intimidaciones y amenazas de los mareros, pero también necesitamos luchar contra el pragmatismo resignado que empujó a muchos a callar frente a los abusos públicos y privados de Daniel Ortega en los 1980s; el mismo pragmatismo que empujó a la derecha nicaragüense a elevar al cardenal Miguel Obando Bravo a la categoría de ángel protector de la democracia nicaragüense; el pragmatismo que nos puede empujar hoy a luchar contra el Estado Mara con una lógica pandillera; es decir, asumiendo que lo que necesitamos hacer para protegernos de la mara gobernante, es cambiar de pandilla, o aliarnos con otra para aprovechar su fuerza, o cobijarnos bajo la capa protectora de un nuevo héroe. Ni Batman ni las maras son compatibles con la idea de la democracia que queremos, ni con el país que deseamos, los que todavía pensamos que Nicaragua merece un destino mejor.
domingo 14 de septiembre de 2008
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